Las gárgolas son seres fantásticos de aspecto inquietante y, a menudo, terrorífico. Las llaman “guardianes de la noche” y se encuentran en lo alto de algunas catedrales, vigilando y custodiando sus dominios. Se dice que, algunas noches, cobran vida y merodean por las ciudades hasta el alba, cuando retornan a su morada. Luego, con los primeros rayos de sol, vuelven a convertirse en piedra. Raramente pasan desapercibidas por el caminante, pero muy pocos saben la razón por la que tienen esta apariencia tan peculiar.
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La palabra gárgola procede del término latín “gurgulio” (hacer gárgaras). En Francia la llaman “gargoille” (garganta), en Alemania “wasserpeier” (vomitador de agua) y en Holanda “waterspuwer” (escupe agua). Todos estos términos nos dan una idea de su función: canalizar el agua acumulada en los tejados. Suelen sobresalir de los edificios, alejando el chorro de agua de los muros de las catedrales e iglesias. De este modo, se evitaba que el agua dañara su estructura.
 
Así que las gárgolas son canalones de piedra que imitan el aspecto de seres fabulosos maléficos, tales como dragones o demonios. Aunque, claro está, para desalojar el agua no es necesario representar ninguna criatura maligna. Entonces, ¿por qué se esculpían estas figuras?
 
 
El origen de las gárgolas se relaciona con el auge de los bestiarios y los tormentos del infierno. Durante la edad media, los sacerdotes aprovecharon la necesidad de desalojar el agua para trasmitir un mensaje a los laicos:
 
“El mundo está poblado de seres demoníacos que te acechan y necesitas la protección de la Iglesia”.
 
También “vigilaban al caminante desde las alturas”, recordándole lo que le esperaba al otro lado si pecaba. En otros casos, se ha dicho que son almas condenadas por sus pecados.
 
 
Además, se les atribuía poderes mágicos. Se creía que las imágenes monstruosas ahuyentaban a los malos espíritus que pretendían entrar en la iglesia. De esta forma, los sacerdotes y creyentes se sentían protegidos del horror y el mal, siendo la Iglesia “un lugar libre de pecado”. Esta interpretación puede explicar su aspecto espantoso y su ubicación fuera del recinto sagrado.
 
Las gárgolas nunca se emplazaban en casas u otras construcciones, únicamente en las catedrales y otros edificios religiosos, pues “solo estos tenían el poder de expulsar el mal”. De esta forma, quien había pecado o, simplemente, tenía miedo acudía a la Iglesia para “encontrar la paz”. En definitiva, las gárgolas fueron un instrumento para adoctrinar a un pueblo, en su mayoría, supersticioso.
 
Luego, en el gótico, las gárgolas terroríficas alcanzaron su máximo esplendor. A principios del siglo XVIII, se empezaron a incorporar bajantes para desaguar los canalones y las gárgolas cayeron en desuso. Actualmente, los arquitectos incorporan figuras parecidas a las gárgolas que no tienen ninguna función práctica. A estas últimas se las llama “gárgolas” aunque son, en realidad, quimeras, ya que su función es puramente ornamental.